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Jorge Espinosa es sin duda un artista apasionado por el movimiento. Sus inicios dan muestra del afecto que siente por las formas en movimiento, lo que revela, de cierto modo también, la esencia de su propia naturaleza. Sus primeros trazos en tinta china, desenvueltos y rápidos, muestran su particular inclinación por el contorno de los cuerpos; como quien sigue la línea seducido por la dificultad misma del movimiento inacabado y capturado en un instante. Estas limitaciones propias de la comprensión de las formas, lejos de ser un obstáculo se convierten en su obsesión. Los bailarines pasan a ser su objeto de estudio, para acercar a la razón plástica el gesto aislado, la línea, el volumen, el espacio, la luz y todos los sutiles valores de la dinámica corporal.

Sin embargo, y en la persecución incesante de todo pintor por encontrar una imagen propia, de repente se siente atado a las exigencias de la figura humana. Lentamente su pintura comienza a disolverse en paisajes, paisajes ya antes recorridos en el lienzo, ya trazados y ampliados por la confianza que ha brindado el manejo de la figura. Así avanza hacia un terreno más amplio y mucho más placentero que da lugar al empleo de formatos cada vez más grandes.

Casi sin pensar, encuentra que sus paisajes han tomado dimensiones enormes y se arriesga al uso de grandes telones.


Los telones son el pretexto para pintar sin ningún afán y se sumerge en su propia experimentación. Sin técnica específica se aventura en las mezclas de óleos, acrílicos y crayolas, y con el tiempo encuentra un punto de equilibrio en donde empieza a depurar sus paisajes.

 


Es en esta necesaria relación del pintor con la imagen, por supuesto, cuando surge una obligada ansiedad por la comprensión estética del paisaje. Entonces sus estudios rondan insistentemente la observación de la generación de atmósferas en los paisajes de Turner y Monet. Para Espinosa resulta particularmente interesante el “paisaje aparente” como experiencia óptica, como fenómeno de la luz. En efecto, Espinosa fascinado percibe la disolución de la figura en el paisaje y siente aún más atracción por los efectos que produce el acercamiento o alejamiento del espectador ante la imagen.

Espinosa reconoce también el impacto del movimiento, la constitución de las pequeñas partes que avanzan para formar el todo y lo que ocurre en torno a la luz como fuente central. Las manchas casi abstractas, desde cierta perspectiva, adquieren luego identidad al contemplarse la totalidad del paisaje.

Ada Ramírez




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